La copa dorada

By Henry James

Adam Verver, un rico viudo norteamericano retirado de los negocios, recorre Europa con su hija Maggie comprando y coleccionando antigüedades. Cuando Maggie conoce y se enamora de Americo, un príncipe romano rico en apostura y linaje, mas no en fortuna, su padre se lo «compra» como le ha comprado todo cuanto le ha gustado en l. a. vida, al tiempo que él mismo adquiere, para sus segundas nupcias, una atractiva, y también pobre, muchacha norteamericana, Charlotte Stant. Charlotte es amiga de Maggie y es también amiga del Príncipe: su amistad con éste se remonta a un tiempo en que l. a. pobreza parecía condenarlos a no unirse jamás. Ahora vuelven a encontrarse en el lujo y en l. a. holgura, pero si las antiguas trabas han desaparecido es sólo gracias a aquellos con quienes se han casado...

Un espléndido juego de variaciones sobre las posibilidades de este singular ménage á quatre constituye y articula los angeles que hubo de ser l. a. última novela completa de Henry James, «un drama maravillosamente luminoso», en palabras de Gore Vidal, en el que el conocimiento es «tanto fascinación como temor». Pero l. a. copa dorada (1904), por su nuevo rigor narrativo y su nueva representación de l. a. conciencia del narrador y de los personajes, es además, como señala Alejandro Gándara en el prólogo de esta edición, «una llave: los angeles llave con que los angeles narrativa del siglo XIX abrió los angeles puerta de nuestra y sensibilidad reciente, de nuestra cultura de los angeles narración, de nuestras convenciones acerca de lo que es una novela».

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Oh, si el Príncipe hubiera sido anguloso! En este caso, nadie habría podido prever las consecuencias. El señor Verver habló –al igual que en los angeles ocasión en que conversó de ello con l. a. señora Assingham– como si comprendiera todas las realidades que, sin excepción, l. a. angulosidad comporta. Evidentemente, para el señor Verver, los angeles angulosidad period una última proposal, un concepto de suma vivencia. Mediante esta palabra bien hubiera podido referirse a los ángulos agudos o a las duras esquinas, a toda los angeles pétrea calidad punzante y cortante de l. a. grandiosa geometría de aquella iglesia neoclásica. El señor Verver percibía todos los rasgos felices de aquel contacto que, sorprendentemente, casi pasmosamente, period contacto con líneas obedientes y superficies curvas. El señor Verver había dicho: �Eres redondo, mi querido muchacho, en todo tu ser, en tus diversas partes, eres inagotablemente redondo, a pesar de que, con toda probabilidad, hubieras podido ser abominablemente cuadrado». Había añadido: �Sin embargo, no tengo los angeles seguridad de que tu masa, considerada en common, no sea cuadrada, abominable o no. los angeles abominación poco importa, pues eres irremediablemente redondo. Esto en ti es una de esas cosas que se siente, al menos las siento yo, como si se tocasen con los angeles mano. Imagina que hubieras sido formado íntegramente mediante una gran cantidad de pequeños rombos piramidales, como aquella maravillosa parte del Palacio Ducal de Venecia, lo cual es muy bello en un edificio, pero condenadamente desagradable en un hombre con el cual uno se tiene que rozar, principalmente cuando este hombre es un pariente próximo. Me parece verlo, todos ellos salientes, sí, me parecer ver esos diamantes arquitectónicos tallados con que me hubieras rascado las partes más sensibles. Sí, los diamantes me hubieran rascado –sin duda alguna es los angeles manera más limpia de ser rascado–, y, a fin de cuentas, hubiera quedado reducido a picadillo. Con­tra­ria­mente, vivir contigo es como vivir con el más puro y perfecto cristal. Te he dicho lo que pienso, así, tal como me ha venido a l. a. cabeza. Espero que lo hayas comprendido y aceptado». Verdaderamente el Príncipe había aceptado los angeles notion, a su manera, pues a l. a. sazón estaba ya muy acostumbrado a aceptarlas. Quizá nada hubiera podido confirmar mejor los angeles descripción que de los angeles superficie del Príncipe había hecho el señor Verver como los angeles manera en que aquellas doradas gotas se deslizaron suavemente sobre ella. No quedaron detenidas en grieta alguna, no quedaron apresadas en cavidades de ningún género. l. a. uniforme lisura traicionaba al rocío, pero, por el momento, gracias a él, adquiría un tono más vivo. En otras palabras, el joven Príncipe sonrió abiertamente como si asintiera, por principios y por hábito, a más de lo que comprendía. Le gustaban todos los síntomas de que l. a. situación period buena, pero no le importaba gran cosa saber por qué lo period. En lo tocante a las personas entre las que vivía el Príncipe desde el día de su matrimonio, las razones que tan a menudo daban de lo anterior –mucho más a menudo de lo que el Príncipe había oído darlas con anterioridad– eran, en términos generales, el elemento por el cual él más difería de ellas.

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